domingo, 19 de junio de 2011

En el cincuentenario de Garabandal (y III)





El carácter de las manifestaciones de Garabandal ha sido objeto de sucesivas notas informativas de los obispos de la diócesis de Santander (que, recordemos, es bajo cuya jurisdicción se halla el pueblo. Tan pronto como el 26 de agosto de 1961, es decir, a dos meses escasos de la primera de las apariciones, el Dr. Doroteo Fernández (1913-1989), administrador apostólico de la sede santanderina entre mayo de 1961 y enero de 1962, emitió una primera nota, en la que afirmaba que “es prematuro cualquier juicio definitivo que quiera pronunciarse sobre la cuestión”, postura prudente y ecuánime, dentro de la práctica habitual de la Iglesia. La segunda nota del mismo prelado, de noviembre de 1961, aun insistiendo en que la Iglesia no cree aún prudente pronunciarse definitivamente, aseguraba: “No consta que las mencionadas apariciones o revelaciones puedan hasta ahora presentarse ni ser tenidas con fundamento serio por verdaderas y auténticas”. Obviamente tampoco constaba lo contrario, es decir que no lo fueran. Recordemos que una cosa es la ortodoxia del contenido –sobre la cual no había dictamen contrario– y otra muy distinta el origen de los fenómenos.

La tercera nota, emanada por Mons. Eugenio Beitia Aldazábal (1902-1985), obispo de Santander entre enero de 1962 y enero de 1965, data del 7 de octubre de 1962 y reza: “tales fenómenos carecen de todo signo de sobrenaturalidad y tienen una explicación de carácter natural”. Este juicio era, sin duda, prematuro, pues la comisión episcopal nombrada al efecto de indagar lo que estaba ocurriendo en Garabandal no realizó ningún examen serio de carácter científico. Será por esto que la cuarta nota fue más prudente. Ésta, la segunda de Mons. Beitia (en calidad de administrador apostólico, pues había renunciado al obispado), lleva por fecha 8 de julio de 1965; en ella se exhorta a no fomentar las manifestaciones (tal vez debido a los excesos de celo de algunos de sus seguidores), declarando no obstante que, “no hemos encontrado materia de censura eclesiástica condenatoria, ni en la doctrina ni en las recomendaciones espirituales que se han divulgado en esta ocasión, como dirigidas a los fieles cristianos, ya que contienen una exhortación a la oración y al sacrificio, a la devoción eucarística, al culto de Nuestra Señora en formas tradicionalmente laudables y al santo temor de Dios, ofendido por nuestros pecados. Repiten simplemente la doctrina corriente de la Iglesia en esta materia”. Aquí el prelado se ciñó acertadamente a lo que era de su competencia propia, sin meterse en honduras científicas que no le correspondían en cuanto obispo.

Mons. Vicente Puchol Montis (1915-1967), sucesor de Mons. Beitia desde julio de 1965, se mostró, en cambio, extremadamente categórico –y en un sentido muy negativo– en la quinta nota: ni hubo apariciones ni mensajes y todos los fenómenos acaecidos tenían explicación natural. Es claro que un prelado que dijo públicamente: “Esto lo acabo yo cueste lo que cueste” no puede ser tenido por juez imparcial, máxime sabiendo que su veredicto no se hallaba respaldado por ningún estudio profesional por parte de los peritos científicos que exigía asunto tan delicado. De todos modos, ni una palabra sobre lo que era la real competencia del obispo en cuanto obispo, esto es: el dogma, la moral, la liturgia o el derecho canónico.

Una sexta nota fue publicada el 9 de octubre de 1968, ya no por el obispo, Mons. José María Cirarda Lachiondo (1917-2008), que lo fue de Santander entre julio de 1968 y diciembre de 1971, sino por su secretaría, en la cual se lamenta que, a pesar de que “no consta del carácter sobrenatural” de las presuntas apariciones según los sucesivos dictámenes de los anteriores ordinarios (cosa que hay que matizar), ellas se difundan en distintos medios. Hay que decir que en el año 1967, consultada la Sagrada Congregación para la doctrina de la Fe, su prefecto el cardenal Alfredo Ottaviani había respondido que la Santa Sede no se había avocado la jurisdicción en la materia y, por lo tanto, la utoridad competente seguía siendo el obispo de Santander, a cuyo juicio se remitía (modo impecablemente canónico de sacudirse el problema). Ante la insistencia de Mons. Cirarda, en 1969 el cardenal Franjo Seper –que había sucedido a Ottaviani como prefecto del ex Santo Oficio– le dio idéntica respuesta. El mismo purpurado respondió en igual sentido al arzobispo de Nueva Orleáns (en los Estados Unidos), Mons. Philip M. Hannan (en cuya circunscripción, al parecer, el movimiento garabandalista era muy activo): la Congregación nada tiene que decir; le corresponde hacerlo al obispo de Santander.


En los años Setenta, la actitud episcopal pareció cambiar con Mons. Juan Antonio del Val Gallo (1916-2002), obispo entre diciembre de 1971 y agosto de 1991. Tras una visita pastoral en 1977, levantó las prohibiciones de sus predecesores acerca de la difusión de las apariciones y de decir misa los sacerdotes en el lugar en el que presuntamente tuvieron lugar. También permitió que se rodase una película sobre las mismas e instituyó la primera comisión episcopal interdisciplinar que se ocupó seriamente del caso, sin prevenciones ni apriorismos como los manifestados por Mons. Puchol. En 1991, dicha comisión dictaminó que “no consta de su carácter sobrenatural”, juicio recogido en su nota oficial del 11 de octubre de 1996 por el sucesor de Mons. del Val, Mons. José Vilaplana Blasco (1944), ordinario de Santander desde agosto de 1991 hasta su traslado a la diócesis de Huelva en julio de 2006. Antes de la referida nota, Mons. Vilaplana, aprovechando una visita ad limina, había presentado el dictamen de la comisión episcopal interdisciplinar, pidiendo orientación, a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la cual respondió el 28 de noviembre de 1992, lo mismo que en 1967 y 1969. Más tarde, en 2001, respondiendo a una consulta hecha por un particular desde Fátima, el obispo declara que da “por terminada la cuestión”, ciñéndose a las declaraciones “claras y unánimes” de sus predecesores y a “las orientaciones de la Santa Sede” y no ha “creído oportuno hacer una nueva declaración pública por evitar dar notoriedad a unos hechos demasiado lejanos en el tiempo”. Habría que observar, sin embargo, que los pareceres de los sucesivos ordinarios santanderinos no fueron ni claros ni unánimes (como queda demostrado a través de las distintas notas), que la Santa Sede evitó cuidadosamente dar orientación ninguna en la materia en las tres ocasiones en las que fue consultada y que los hechos no eran tan lejanos en el tiempo dado que las cuatro videntes, ya mujeres de edad mediana, vivían todavía entonces (Mariloli Lafleur, nacida González, murió el 20 de abril de 2009).

Este repaso de la actitud de la Iglesia docente en relación con los fenómenos de Garabandal puede ser útil y esclarecedor, pues, si bien, de momento, no juzgan los obispos que haya nada sobrenatural en las presuntas apariciones (materia siempre revisable a la luz de nuevos datos o de un mejor estudio científico de los ya existentes), nada han dicho en contra del contenido de las mismas (“no hemos encontrado materia de censura eclesiástica condenatoria, ni en la doctrina ni en las recomendaciones espirituales que se han divulgado”) y ése era y es precisamente su cometido como Iglesia docente. Puesto que los mensajes son, al menos, útiles desde el punto de vista de la piedad –pues repiten “la doctrina corriente de la Iglesia”– no sería lógico ni prudente desecharlos sin más. De todos modos, es lícito abrigar serias dudas sobre las pericias de carácter científico de los fenómenos, al menos en el principio. A las cuatro niñas las sometieron a una presión psicológica tal que acabaron en algún momento negando la realidad de las apariciones, pero volviendo sobre esta declaración en cuanto recobraron la serenidad y se sintieron libres para hablar. Es más, a Conchita, un psiquíatra recomendó que la llevaran a la playa (no había visto nunca el mar), donde estaba seguro que la chica perdería lo que él tenía por “inhibiciones” causantes del trastorno que la llevaba a imaginarse o inventarse las apariciones. En cualquier caso, no se ha dado hasta hoy una explicación natural satisfactoria a fenómenos que tuvieron lugar entre 1961 y 1965 y que fueron presenciados por millares de gentes venidas de diferentes partes del globo a Garabandal, fotografiados y filmados.

De resultar auténticas estas apariciones estaríamos ante una de las más extraordinarias manifestaciones de la Madre de Dios, que en ellas se muestra con llaneza verdaderamente arrebatadora. El sacerdote jesuita Florentino Alcañiz (1893-1981), muy conocido en España y América por haber sido un gran misionero de la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, escribió las siguientes líneas que ponemos como colofón de nuestro breve repaso de lo que él llamó “el gran misterio de Garabandal”:

“Yo de mí puedo confesar que de lo poquito de esto que he visto impreso en publicaciones garabandalistas, he sacado más amor a la Virgen que de todos los escritos del magisterio eclesiástico y de los doctores y ascetas que hasta el presente he leído. Pero lo que más profundamente me ha tocado el corazón es la sencillez encantadora de la Virgen María: no solamente es una madre tierna; es una amiga, una compañera infinitamente familiar, llanísima y amabilísima. Ya sé que a los sabiondos engreídos y sobrados una reina del cielo así no les va a gustar (como parece no haberle gustado a alguno de los curiales santanderinos), pero a los humildes y sencillos les va a encantar. Como éstos son los que interesan a la Virgen, se ha presentado Ella en esa forma”.





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