jueves, 7 de mayo de 2009

En la festividad de San Pío V, el papa de las reformas tridentinas (y III)


Por lo que respecta a la lucha contra la herejía, san Pio V dio un nuevo impulso a la Inquisición romana, que conviene no confundir con otros tribunales nacionales que bajo el mismo nombre actuaban más como instrumentos al servicio del Estado que como instituciones espirituales (por ejemplo: las inquisiciones española y la véneta) en un tiempo en el que la unidad de la fe era la mayor garantía de la unidad social y política. La Congregación de la Sacra, Romana y Universal Inquisición del Santo Oficio era al tiempo que nos ocupa una estructura de reciente creación, habiendo sido creada por Pablo III mediante la bula Licet ab initio de 21 de julio de 1542. Consistía en una comisión permanente de cardenales y prelados bajo la directa dependencia del Papa que tenía por objeto mantener y defender la integridad de la fe católica contra los errores, herejías y falsas doctrinas. Para ellos contaba con un tribunal que entendía en toda clase de causas en las que estaban en juego la fe y las costumbres y castigaba a los infractores de acuerdo a un procedimiento establecido que se había ido perfilando gracias a la experiencia de la Inquisición medieval, institución de circunstancia establecida por Lucio III y perfeccionada por Inocencio III, Honorio III y Gregorio IX para reprimir el movimiento cátaro, pero que, con el transcurso del tiempo adquirió una presencia permanente, siendo confiada a los dominicos.

La Inquisición romana fue una natural continuación de la medieval, teniendo que enfrentarse a un peligro de más vasto alcance que el del catarismo como lo era la herejía protestante. Bajo el pontificado de san Pío V los autos de fe adquirieron una relevancia y regularidad con las que se buscaba la ejemplaridad y el escarmiento. Los procesos tenían más garantías que en los tribunales seculares. De hecho, el arzobispo toledano Bartolomé de Carranza se salvó de una condena segura por la Inquisición española gracias a la intervención del Papa, que abocó en 1567 su causa a la Inquisición romana, por la que, después de muchas complicaciones, acabó siendo absuelto. Diversa suerte corrieron otros dos célebres acusados: el protonotario apostólico Pietro Carnesecchi y el humanista Aonio Paleario, convictos de luteranismo. Sus respectivos suplicios (en 1567 y 1570) mostraron que el tribunal papal no reparaba en consideraciones de rango y prestigio cuando se trataba de reprimir la herejía.

Otra iniciativa del papa Ghislieri a favor de la ortodoxia fue la creación de la Congregación del Índice en 1571 con el objeto de mantener actualizado el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum (ilustración), catálogo de obras cuya lectura se consideraba perniciosa para las almas. El Índice lo había sido publicado por primera vez Pablo IV en 1559 (Index Paulinus) por indicación del Concilio de Trento. Una segunda edición salió bajo Pío IV en 1564 (Index Tridentinus). Gracias a san Pío V y el nuevo dicasterio por él fundado, fue posible, pues, ir poniendo al día regularmente el Índice. Su última edición aparecería bajo Pío XII 1948, desapareciendo definitivamente en 1966 por decisión de Pablo VI. A la Congregación del Índice llegaban todos los libros sospechosos de contenido herético, peligroso o escandaloso. Eran cuidadosamente examinados y, si procedía, oportunamente expurgados de las partes juzgadas nocivas o totalmente proscritos. Esta actividad ha de considerarse distinta de la censura eclesiástica de libros impresos, instituida por León X mediante la bula Inter sollicitudines de 14 de mayo de 1515.

Con los príncipes temporales intentó san Pío V mantener buenas relaciones, aunque no siempre fue fácil, ni siquiera con los más fieles. Se enfrentó, así, al propio Felipe II de España por su tendencia cesaropapista, ya que –aunque de buena fe y basándose en el privilegio de Regio Patronato, que regulaba las relaciones de la Iglesia y el Estado– el monarca reivindicaba el derecho de placet y el de exsequatur, especie de visados regios para la aplicación de los decretos de la Santa Sede en los dominios de la Corona, juzgados abusivos por el Papa. La oposición del Rey Prudente a la publicación anual de la bula In Coena Domini (que debía leerse desde todos los púlpitos cada Jueves Santo para dar a conocer censuras eclesiásticas), especialmente en el Reino de Nápoles (que pertenecía entonces a España), provocó una grave tensión con Roma. Sólo la habilidad del nuncio Giovan Battista Castagna (futuro y efímero papa como Urbano VII) impidió la ruptura, que hubiera podido tener insospechadas y catastróficas consecuencias (tales como un cisma al estilo anglicano). Al fin y al cabo, Felipe II era el campeón del Catolicismo en Europa. El Papa hubo también de vencer las reticencias del Emperador. Maximiliano II, que se había educado entre protestantes, se mostraba simpatizante hacia el luteranismo, aunque deseaba sinceramente el entendimiento entre católicos y reformados. El cardenal legado Gian Francesco Commendone, enviado por san Pío V al Imperio y Polonia, supo ganarse la simpatía de los príncipes católicos y logró que la Dieta de Augsburgo aceptara los decretos tridentinos. Pero su mayor logro fue convencer al Emperador para sostener la causa católica. De este modo quedó preparado el campo para la fecunda acción recatolizadora de san Pedro Canisio en Alemania. En cuanto a Polonia, se reafirmó como la avanzada católica en el extremo oriental de Europa, lo que compensaba de algún modo la total defección de los reinos escandinavos.

En Francia, azotada por las guerras de religión, el Papa apoyó decididamente al partido católico contra los hugonotes, que habían adquirido una gran preponderancia y constituían una seria amenaza, pretendiendo tomar el poder. Puso en guardia a la reina madre Catalina de Médicis contra el entorno hugonote de su hijo el rey Carlos IX. Pero el mayor peligro se hallaba en Inglaterra y Escocia. Tras el cisma anglicano de Enrique VIII y la protestantización bajo Eduardo VI por obra de Cranmer, el primero de los dos reinos había conocido un intento de vuelta a Roma con María Tudor (1553-1558). Su muerte sin hijos de su esposo Felipe II de España hizo recaer la corona en su media hermana Isabel (la hija de Ana Bolena), que en cierta manera debía la vida y el trono a su cuñado (del cual acabaría volviéndose enemiga irreconciliable). La nueva reina era en realidad escéptica en materia de religión, por lo que su decisión de favorecer el protestantismo fue simplemente el producto de un pragmático cálculo político. La abierta hostilidad con Roma tuvo como motivo el apoyo de san Pío V a la infortunada reina escocesa María Estuardo, de conducta un tanto imprudente pero sincera y fervientemente católica, que había sido hecha prisionera y obligada a abdicar en 1567. Con ello Escocia quedó a la completa merced de los presbiterianos (calvinistas). La reina María logró escapar de sus súbditos rebeldes y pidió la hospitalidad de su prima Isabel I (retrato), la cual respondió haciéndola apresar y encerrar sucesivamente en diferentes castillos. Y es que la Tudor temía por su corona al ser la Estuardo en derecho la legítima reina de Inglaterra, pero su acto arbitrario provocó que sus vasallos católicos –ya hartos del hostigamiento de que eran objeto por su religión– se soliviantaran y prepararan un complot contra la que consideraban una usurpadora, para destronarla y poner en su lugar a la reina María, con la ayuda de Felipe II. El levantamiento de 1569 fracasó y fue duramente castigado por Isabel, que hizo morir cruelmente torturados a más de mil católicos. El Papa reaccionó mediante la bula Regnans in excelsis de 25 de febrero de 1570, por la excomulgaba a Isabel I, desligando a sus súbditos del juramento de fidelidad. Desgraciadamente, eran otros tiempos y las excomuniones papales ya no hacían ir a Canossa. A John Felton, que se atrevió a fijar la bula papal en las puertas del palacio del obispo de Londres, se le capturó y sometió a una muerte atroz. Inglaterra se perdía definitivamente para Roma y la persecución contra los católicos iba a recrudecer.

En la lucha contra los infieles tuvo, en cambio, más suerte san Pío V. Los turcos, no contentos con haber tomado en 1453 a sangre y fuego Constantinopla, querían apoderarse de toda la Cristiandad, cuyas fronteras occidentales asediaron constantemente, aunque sin éxito. En 1565 emprendieron el sitio de Malta, donde desde 1530 estaban asentados los Caballeros Hospitalarios de San Juan por concesión del emperador Carlos V tras la pérdida de Rodas. Gracias a la intervención española, el sitio fue levantado, pero los turcos se lanzaron sobre las islas Cícladas y del Egeo Central, tomando Quíos, Naxos, Andros y Ceos. De allí se dirigieron al Adriático y amenazaron Ancona, adonde el Papa envió un ejército de 4.000 hombres para su defensa, al tiempo que proclamaba un jubileo para el triunfo cristiano en la guerra contra el Turco el 21 de julio de 1566. El sucesor de Solimán, Selim II, odiaba el nombre de cristiano y lanzó una nueva ofensiva, invadiendo Chipre. Nicosia fue tomada el 15 de agosto de 1570 a costa de 15.000 cristianos muertos y más de 2.000 reducidos a esclavitud. Los infieles se lanzaron entonces a la conquista de Famagusta, la segunda ciudad chipriota, defendida por el veneciano Marcantonio Bragadin, que pidió auxilio al Romano Pontífice. Éste convocó a los príncipes cristianos, logrando reunir una coalición en la que participaron Felipe II de España, las repúblicas de Venecia y Génova, el duque de Saboya, el gran duque de Toscana, el Estado Pontificio y los Caballeros de Malta. Famagusta fue, entretanto, tomada a traición por los turcos, que no respetaron los términos de la capitulación negociada por Bragadin, el cual fue desollado vivo. Fue ésta la señal de la ofensiva cristiana. La armada comandada por don Juan de Austria, hermano natural de Felipe II se enfrentó a la flota del Sultán dirigida por Alí Pachá en el golfo de Lepanto (entre el Peloponeso y Epiro). El 7 de octubre de 1571, tras un intenso combate naval, las armas cristianas reportaron una decisiva victoria (ilustración), que proporcionó un gran alivio a la Cristiandad amenazada y un gozo indecible al Papa, que mandó conmemorar cada año en tal día a la Virgen –a la que atribuía el triunfo por habérselo encomendado, a fuer de buen dominico, mediante el rezo del rosario– bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria. También ordenó que en las Letanías Lauretanas se añadiera la invocación “Maria Auxilium christianorum, ora pro nobis”.

Otros actos del pontificado de san Pío V dignos de mención son: la prohibición de enajenar o mediatizar el patrimonio territorial de la Iglesia; la represión de la prostitución; la prohibición de las corridas de toros –traídas a Roma por los valencianos Borgia– como espectáculo bárbaro y cruel (con lo que este pontífice se convirtió en el primer papa abiertamente defensor de los animales); la persecución de la blasfemia, y la condenación de las tesis erróneas –antecesoras del jansenismo– del profesor de Lovaina Miguel Bayo sobre la gracia (Denzinger, 881-959).

Aquejado de mal de piedra debido a una hipertrofia porstática, el Santo Padre murió rodeado de sus cardenales el 1º de mayo de 1572, a la edad de 68 años. Fue beatificado por Clemente X en 1672 y canonizado por Clemente XI el 4 de agosto de 1712. Sus restos reposan en una urna situada en la Capilla Sixtina de la basílica romana de Santa María la Mayor. Celébrase su fiesta el 5 de mayo de acuerdo con el calendario del Misal que lleva su nombre y que por sí solo es ya un motivo suficiente para venerar su gloriosa memoria.



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