miércoles, 5 de agosto de 2009

En el XXX aniversario de la muerte del cardenal Ottaviani (y IV). Biografía (última parte)


Padre conciliar

Juan XXIII inauguró el concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962 con un discurso en el que no dudó en fustigar a los que recelaban de los peligros que para ellos suponía la llamada civilización moderna, que temían que contagiase a la Iglesia: «En el cotidiano ejercicio de Nuestro pastoral ministerio, de cuando en cuando llegan a Nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida.... [...] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente».

¿A quiénes se refería el Papa? Algunos vieron al cardenal Ottaviani como el principal blanco de estas palabras contundentes. Y es que en los últimos dos años se había ido produciendo un distanciamiento entre Roncalli y el que había sido su principal promotor en el cónclave de 1958. No ciertamente en cuestiones de fondo (Juan XXIII tenía plena confianza en el trabajo del Santo Oficio bajo la guía de su secretario, tanto que firmaba los decretos que éste le presentaba sin repasarlos), pero sí de actitud. El Pontífice era un optimista nato y demostró en no pocas ocasiones su ingenuidad respecto de situaciones y personas. Ottaviani, en cambio, siempre vigilante, no era entusiasta sobre la tendencia aperturista en materia política y religiosa que iba manifestándose. En el entorno papal era malquisto y ciertos personajes se encargaban de sembrar cizaña entre él y Juan XXIII, como el cardenal tuvo más de una ocasión de comprobar.

Ya desde las primeras reuniones en el aula conciliar se manifestó una clara división polarizada en dos alas: la tradicional de la Curia y la liberal del Rin (que abarcaba a los padres de Alemania, el Benelux y el Norte de Francia). En medio había una extensa franja de obispos que podría llamarse neutral, pero no por una equidistancia entre las dos posiciones enfrentadas (la mayoría era más bien conservadora), sino porque no sabían cómo actuar en una asamblea de la importancia y envergadura del Vaticano II. En el ala tradicional destacaban los cardenales Ottaviani, Siri, Browne y Ruffini, mientras el ala liberal estaba liderada por Frings, Suenens, Alfrink y Liénart. Aunque los liberales comenzaron siendo una minoría en el concilio, estaban muy bien organizados y contaban con la simpatía de una opinión pública inclinada a posiciones de vanguardia por influjo de los medios de comunicación. Así las cosas, decidieron tomar las riendas desde el principio.

Comenzaron por descartar las listas de los representantes de las distintas comisiones conciliares, exigiendo nuevas elecciones, que se llevaron a cabo y en las que, gracias a una campaña de propaganda bien orquestada dirigida a captarse a la mayoría neutral, lograron acaparar el 75% de los puestos. El segundo golpe fue el descarte de prácticamente todos los esquemas pacientemente elaborados por las comisiones pre-conciliares. Eran más de setenta documentos desechados sin más con la anuencia del mismo Papa que apenas unos días antes había afirmado que «tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de la fe [...] Nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales». Así, el fruto de esos tres años se quedaba en nada y el que había sido encomiado como el concilio mejor preparado de la Historia debía comenzar prácticamente de cero.


El león intrépido acosado

El único esquema que sobrevivió al general naufragio fue el de Sagrada Liturgia, el primero en ser propuesto a los padres conciliares y que dio lugar a las más ásperas discusiones entre los defensores de la continuidad y evolución homogénea del culto católico y los partidarios de las teorías del moderno movimiento litúrgico (muy distinto del que había fundado Dom Prosper Guéranger). El latín como lengua litúrgica fue motivo de una de las más ardientes batallas. El cardenal Ottaviani tomó la palabra el 30 de octubre de 1962 y se dirigió a los padres con verbo admonitorio sobre los drásticos cambios que se pretendía introducir en el ordinario de la misa: “¿Estamos acaso buscando suscitar maravilla o incluso quizás hasta escándalo entre el pueblo cristiano introduciendo cambios en un rito tan venerable y aprobado después de tantos siglos y que ahora nos es familiar? El rito de la Santa Misa no debe ser tratado como si fuera una prenda de vestir que deba ser remodelada según el gusto de cada generación”. Como refiere el P. Ralph Wiltgen en su libro The Rhin flows into the Tiber: “Hablando sin texto, debido a su parcial ceguera, excedió el límite de diez minutos que se había dicho a todos que se respetara. El cardenal Tisserant, decano de los presidentes del Concilio, mostró su reloj al cardenal Alfrink, que era quien presidía aquella mañana. Cuando el cardenal Ottaviani llegó a los quince minutos, el cardenal Alfrink hizo sonar la campanilla en señal de atención, pero el orador estaba tan enfrascado en su tema que no la oyó o hizo como que no la oía. A una señal del cardenal Alfrink, un técnico desconectó el micrófono. Después de comprobar que no funcionaba golpeándolo con los dedos, el cardenal Ottaviani, humillado, cayó pesadamente sobre su silla. El más poderoso cardenal de la Curia Romana había sido hecho callar”.

Otro episodio del que Ottaviani fue protagonista se desarrolló en torno al esquema llamado De las fuentes de la Revelación, que el secretario del Santo Oficio defendía con brío. El ala del Rin logró que una mayoría de los padres lo rechazaran, pero no se alcanzaron los dos tercios necesarios de votos para eliminar un esquema presentado con la autoridad del Papa. El cardenal Bea acudió a Juan XXIII y éste decidió retirarlo, nombrando una comisión bicúspide presidida por Ottaviani y Bea, para que se pusieran de acuerdo las dos corrientes enfrentadas en el Concilio sobre un nuevo esquema (que fue la base de la constitución Dei Verbum). La libertad religiosa también fue un capítulo polémico. El cardenal del Santo Oficio, que era un excelente canonista, era partidario de la doctrina tradicional de la tolerancia, porque, de otro modo, admitido un derecho irrestricto a la libertad religiosa se lesionaba el Derecho público de la Iglesia. La Declaración conciliar que el cardenal Bea quería sacar adelante sobre el tema le parecía a Ottaviani que anulaba los concordatos que la Santa Sede tenía con países como Italia y España, en los cuales la Iglesia gozaba de una posición privilegiada, y así lo manifestó dramáticamente en el aula conciliar.

En medio de las discusiones, se había organizado un grupo de padres conciliares bajo la protección del cardenal Ottaviani y de sus colegas del ala de la Curia. Se llamó el Coetus Internationalis Patrum y comprendía unos 450 prelados, entre los que destacaron el entonces superior general de la congregación del Espíritu Santo, monseñor Marcel Lefebvre, monseñor Luigi Maria Carli (obispo de Segni), y dos jerarcas brasileños particularmente aguerridos: Dom Geraldo de Proença Sigaud (arzobispo de Diamantina) y Dom Antonio de Castro Mayer (obispo de Campos). Desgraciadamente, sus iniciativas eran sistemáticamente saboteadas desde la presidencia central del concilio. El cardenal Siri nos ha dejado el testimonio más autorizado sobre la actuación del secretario del Santo Oficio, el padre conciliar más criticado dentro y fuera del aula del Vaticano II: “El cardenal Ottaviani siempre tomó parte en la defensa de la verdad. Estábamos a menudo en relación yo, él, Browne y Ruffini. Estábamos unidos para resistir a las presiones. En él la firmeza de las decisiones se manifestaba en aspectos oratorios más bien fuertes: no tenía miedo a nada y no era el miedo el que lo hacía intervenir; su temperamento en defensa de la verdad era combativo. Había un pleno acuerdo entre nosotros. Era evidente que se trataba de un hombre que ardía de adhesión a la Fe y a su integridad. Querría insistir en esta palabra: ardía”.


Comienza la revolución postconciliar


El Concilio se acabó en 1965 bajo otro papa: Pablo VI, al que Ottaviani, en su calidad de cardenal protodiácono, había impuesto la sacra tiara el 30 de junio de 1963, en lo que sería la última ceremonia de coronación de un romano pontífice (foto). Al final, los documentos conciliares fueron textos de compromiso en los que quedaba, sí, salva la ortodoxia (prueba de ello es que el cardenal Ottaviani firmó las actas conciliares en esu totalidad, como haría también, por cierto, monseñor Lefebvre), pero que constituían un campo sembrado de lo que Michael Davies llamó “bombas de relojería”, que serían hechas estallar oportunamente en el momento de la aplicación práctica del Vaticano II. El papa Montini, había tenido él mismo que imponer su autoridad cuando mandó insertar como apéndice a la constitución sobre la Iglesia una nota explicativa previa para aclarar el tema de la colegialidad, que no quedaba claro en el texto aprobado por los padres, dejando resquicios por los que se podía colar la idea de que el Romano Pontífice no era sino un primus inter pares.

Pablo VI había estado a las órdenes de Ottaviani en los comienzos de su carrera en la Secretaría de Estado y tenía buenos recuerdos de esa etapa porque su superior de entonces era una persona afable y cordial y no hacía pesar su autoridad. Después las carreras de ambos se separaron al entrar éste en el Santo Oficio. En la Curia Romana siempre había habido dos tendencias: la de los zelanti (que priorizaba la defensa de la fe y de la moral) y la de los politicanti (que prefería las vías de la diplomacia). Estaban representadas respectivamente por el Santo Oficio y la Secretaría de Estado. Pío XII había mantenido un sabio equilibrio entre ambas, pero después del Concilio la situación había cambiado. Pablo VI, papa personalmente ortodoxo (ahí están su Credo de Dios y la encíclica Humanae Vitae, por poner un par de ejemplos), pensaba que la Iglesia debía ser flexible en el ámbito de las realidades concretas, sobre todo en sus relaciones con un mundo en tensión. Así pues, quiso potenciar la autoridad de la Secretaría de Estado, haciendo de ella el primer organismo de poder en el Vaticano, una especie de super-dicasterio. Emprendió para ello una profunda reforma de la Curia Romana de la cual fue la principal perjudicada la congregación que presidía Ottaviani. Ya en febrero de 1966 se le había cambiado el nombre de Santo Oficio por el de Doctrina de la Fe, convirtiéndose su secretario en pro-prefecto. Pero por el motu proprio Regimini Ecclesiae universae de 1967, se le quitó el carácter de Suprema y se determinó que, en lo sucesivo, ya no sería el Papa su prefecto, sino un cardenal (lo cual representaba una capitis deminutio en toda regla).

Ottaviani, era respetuoso de las conveniencias y entendió el mensaje, poniendo su cargo a la disposición del Papa. Pero éste, que en el fondo lo apreciaba y necesitaba a alguien con su temple en la defensa de la fe católica, puesta en entredicho por el nuevo secularismo, lo nombró prefecto de la congregación así remodelada en agosto de 1967. Pero no duró mucho en el cargo porque no se sintió con la libertad de acción de la que había gozado bajo Pío XII y el beato Juan XXIII para la defensa de la Fe. Había visto caer una a una las barreras contra el error: el Indice de libros prohibidos, la censura eclesiástica previa para los escritos doctrinales, el juramento antimodernista… Y él era un hombre de principios. No podía honestamente seguir ejerciendo un cargo teniendo atadas las manos y padeciendo a menudo las cortapisas provenientes de la Secretaría de Estado. El cardenal que había defendido el Derecho público de la Iglesia y se había constituido en el gran adversario del comunismo ateo no podía, por supuesto, estar de acuerdo con el desmantelamiento de los Estados católicos y la Östpolitik promovidos desde el tercer piso del Palacio Apostólico. El 6 de enero de 1968, a los 78 años de edad y después de más de treinta defendiendo el dogma católico, presentó su dimisión al Papa, que la aceptó, pero le concedió el título honorífico de “Prefecto emérito”.


Gloria y ocaso de un gran príncipe de la Iglesia

Los diez últimos años de su vida los transcurrió el cardenal Ottaviani en un retiro activo, dedicado a su querido Oratorio de San Pedro y al Oasis de Santa Rita –orfanato y casa de reposo fundado por él en Frascati– y siempre atento a la evolución de los acontecimientos eclesiales. En 1969, al promulgar Pablo VI un nuevo Misal Romano, le dirigió juntamente con el cardenal Antonio Bacci, un Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae, sobre lo cual no abundaremos por haberlo tratado ya en este blog (http://roma-aeterna-una-voce.blogspot.com/2009/06/cuarenta-anos-del-breve-examen-critico.html). En 1970 se vio afectado por la medida papal que establecía la exclusión de los cardenales del cónclave al cumplir los 80 años. Pablo VI, a pesar de la divergencia de estilo, mostró siempre su aprecio al antiguo “carabiniere della chiesa”. Poco después de la publicación del Breve Examen Crítico, fue a visitarlo en su convalecencia de una operación relacionada con su afección ocular. El 15 de marzo de 1976, le dirigió una afectuosa carta de felicitación por los sesenta años de su ordenación sacerdotal. Pero el anciano príncipe de la Iglesia sobreviviría al papa Montini y tendría aún tiempo de conocer a otros dos pontífices.

El último año de su vida, su salud declinó considerablemente hasta el punto que debió quedarse recluido en su apartamento en el Palacio del Santo Oficio y tuvo que espaciar la celebración de la misa. A principios del verano hubo de ser hospitalizado y fue claro que ya no se recuperaría. Empezó a sumirse en un sopor de cual sólo se despertaba brevemente al susurro de las oraciones de sus visitantes. El viernes 3 de agosto de 1979 rendía su alma a Dios este intrépido defensor de la fe católica y de los derechos de la Iglesia, cuyo lema había sido “Semper idem”, expresión no de inmovilismo, sino de fidelidad. El papa Juan Pablo II quiso celebrar personalmente sus exequias en la Basílica Vaticana el siguiente lunes 6 (antes de que recibiera sepultura San Salvatore in Ossibus, la iglesia del capítulo canonical vaticano), pronunciando una homilía cuyas primeras palabras definen a la perfección quién fue Alfredo Ottaviani y con las que ponemos punto final a esta semblanza de:

«Ecce sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo et inventus est iustus (cf. Sir 44, 16-17): Son éstas las primeras palabras que espontáneamente me vienen a los labios en el momento en que ofrecemos a Dios el sacrificio eucarístico y nos disponemos a dar el último adiós al venerado hermano cardenal Alfredo Ottaviani. Realmente ha sido un gran sacerdote, insigne por su religiosa piedad, ejemplarmente fiel en el servicio a la Santa Iglesia y a la Sede Apostólica, solícito en el ministerio y en la práctica de la caridad cristiana. Y ha sido al mismo tiempo un sacerdote romano, es decir, adornado de ese espíritu típico, quizá no fácil de definir, que quien ha nacido en Roma —como él nació diez años antes de finalizar el siglo XIX— posee como en herencia y que se manifiesta en una adhesión especial a Pedro y a la fe de Pedro e incluso en una exquisita sensibilidad por lo que es y hace y debe hacer la Iglesia de Pedro».


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