sábado, 12 de noviembre de 2011

Homilía del cardenal Castrillón Hoyos del sábado 5 de noviembre de 2011 en San Pedro de Roma (traducción española y texto original italiano)



Homilía de la Santa Misa de Santa María en Sábado
en ocasión de la Vigésima Asamblea General
de la Federación Internacional “Una Voce”

Basílica de San Pedro
Capilla del Santísimo Sacramento
Sábado 5 de noviembre de 2011

Dario Card. Castrillón Hoyos

¡Sea alabado Jesucristo!

Saludo al Dr. Leo Darroch, presidente de la Federación Internacional “Una Voce”, y a los señores delegados de la XX Asamblea General, así como a todos los fieles presentes.

Agradezco especialmente al presidente Darroch por su gentil invitación a oficiar este sagrado rito, el cual tiene lugar cuatro años después de promulgado el motu Proprio Summorum Pontificum de Su Santidad Benedicto XVI.

Bienamados hermanos y hermanas:

Me siento en verdad gozoso de estar aquí entre vosotros para expresar un sentido agradecimiento a la Divina Providencia, que nunca deja de socorrer a sus hijos que la invocan con confianza. Al mismo tiempo manifestamos nuestro sincero reconocimiento a nuestro amado Santo Padre Benedicto XVI, que con su clarividente solicitud pastoral ha devuelto a la Iglesia universal el sagrado rito gregoriano, dándole un nuevo impulso después de tantos lustros de olvido.

“Consta efectivamente que la liturgia latina de la Iglesia en sus varias formas, en todos los siglos de la era cristiana, ha impulsado en la vida espiritual a numerosos santos y ha reforzado a tantos pueblos en la virtud de la religión y ha fecundado su piedad” declara Benedicto XVI en el motu proprio Summorum Pontificum.

Es en la obediencia, obsequio y respeto para con el Magisterio de la Iglesia (máxime en relación con el supremo Magisterio de Pedro) como se actualiza en la vida de todo creyente el propósito fundamental de la sequela Christi (el seguimiento de Cristo).

En tal óptica se inserta la recta comprensión de los deberes y de los derechos de los fieles, que en la sagrada liturgia encuentran su forma de expresión más eminente, explicitando en la fuerza santificante de la acción sacramental el verdadero culto al Dios Altísimo, Creador y Señor del universo.

El Santo Padre Benedicto XVI, cuya profunda sensibilidad litúrgica es bien conocida, ha reiterado frecuentemente con su alto magisterio la importancia de la liturgia y de su recto uso, a fin de que en la diversidad de las formas cultuales pueda resplandecer la riqueza de los tesoros de fe y espiritualidad  de la Esposa de Cristo, ya que la relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor (Benedetto XVI, Es. Ap. Sacramentum Caritatis, n.35).

El rito gregoriano con su solemnidad y sublimidad de contenidos constituye indudablemente una forma excelente de elevar a Dios la alabanza que le es debida, ofreciendo, al mismo tiempo, a los fieles una más profunda percepción del Misterio que celebra.

Semejante magnificencia no es debida simplemente a una suma de elementos exteriores y de índole puramente estética, sino que éstos más bien brotan y se nutren de una profunda interioridad.

Podemos afirmar que se complementa así el deber de ofrecer a Dios con la mayor dignidad el tributo de adoración y de alabanza propio de su Majestad con el derecho que tienen los fieles de poder expresar de la mejor manera posible su aspiración de poner en acto adecuadamente dicho deber.

Al escuchar la perícopa evangélica de San Lucas que trae la misa de hoy no debe sorprendernos que a las palabras de encomio que la mujer del pueblo pronuncia refiriéndose a la Madre del Salvador –“Bienaventurado el seno que te llevó… etc. (Luc. XI, 27) – responda Éste recordando la bienaventuranza de la obediencia a la Palabra de Dios.

Argumentando de esa manera, Nuestro Señor Jesucristo, en efecto, no toma en absoluto sus distancias de la afirmación de elogio dirigida a la Santísima Virgen; más bien la refuerza, subrayando la preclara virtud de la total oblación que en Ella refulge más que en ninguna otra criatura, a tal punto que con la misma se marca indeleblemente el exordio de la redención de la Humanidad.

Al mismo tiempo nos recuerda cómo la Virgen fue elegida por la Santísima Trinidad como modelo y guía de aquellos que nada anteponen a la salvación eterna: es justamente imitando la obediencia fiel de la Madre del Amor Hermoso como nuestra propia obediencia de caminantes en busca de Dios logra encontrar un sendero seguro que nos conduzca al Sumo Bien.

Estamos seguros de poder decir que la obediencia a Dios pasa por la obediencia a María, hasta tal punto que en la sincera devoción a tan excelsa Reina se manifiesta elocuentemente la divina predilección hacia las criaturas que han comprendido este admirable secreto del espíritu.

A tal propósito escribe San Luis María Grignion de Montfort en su Tratado de la Verdadera Devoción a María, refiriéndose al libro de los Proverbios (VIII, 32):

«…finalmente, los predestinados siguen el ejemplo de la Santísima Virgen, su tierna Madre. Es decir, la imitan y, por esto, son verdaderamente dichosos y devotos y llevan la señal infalible de su predestinación, como se lo anuncia su cariñosa Madre: "Dichosos los que siguen mis caminos", es decir, quienes con el auxilio de la gracia divina practican mis virtudes y caminan sobre las huellas de mi vida » (n. 200).

El singular compendio de todas las virtudes con el cual ha adornado la Divina Sabiduría a la Santísima Virgen es como el reflejo de aquella humildad inigualable que ha hecho de Ella Soberana de gracia y Madre de misericordia ante el Corazón Divino.

La obediencia de Santa María Virgen es la perfumada flor germinada en el surco de esta su insondable humilitas, que embriaga suavemente a toda alma deseosa de rendirle homenaje y de pedirle ayuda y protección.

El Santo Doctor de la Iglesia Alfonso María de Ligorio delinea algunos importantes principios teológicos sobre el papel de María Santísima a favor del pueblo cristiano:


«al llamar a María "Mediadora", mi intención ha sido llamarla tan sólo Mediadora de gracia, a diferencia de Jesucristo, que es el primero y único mediador de justicia. Llamando a María "Omnipotente"… he pretendido llamarla así en cuanto que ella, como Madre de Dios, obtiene de Él cuanto le pide en beneficio de sus devotos… Llamando, en fin, a María nuestra "Esperanza", entiendo llamarla tal porque todas las gracias (como entiende san Bernardo) pasan por sus manos» (cfr. op. cit., Parte I, Sobre la Salve Regina, Protestación del Autor).

El alma obediente a Dios –bajo el ejemplo de María Santísima– se halla toda ella invadida por el deseo de cumplir su voluntad a cualquier precio. No en otra cosa consiste el amor de las creaturas, como recuerda el mismo Salvador:


“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Ioann. XIV,  21).

Santo Tomás de Aquino, refiriéndose a esta afirmación del Señor, escribe:

“…hay quien tiene los mandamientos de Dios en el corazón mediante el recuerdo y la asidua meditación… Pero esto no basta si luego no los observa en el obrar… Otros tienen los mandamientos en la boca para recitarlos y para exhortar… También éstos, sin embargo, deben observarlos en sus obras... Otros, en fin, tienen los mandamientos en las orejas y los escuchan de buena gana y con diligencia… Mas esto tampoco basta si no los guardan” (Comentario al Evangelio según san Juan, XIV, § 1933).

Si es cierto que el culto más agradable a Dios es aquel de hacer su voluntad, al mismo tiempo no se puede no tener en cuenta la extraordinaria importancia del culto externo, del cual la Sagrada Liturgia constituye el medio privilegiado por el cual se actualiza.

La difundida práctica de los abusos en campo litúrgico durante los años del posconcilio ha producido profundas heridas en la Iglesia, desautorizando la preeminencia de aquel espíritu de obediencia al Magisterio de la Iglesia que debería caracterizar infaltablemente la expresión de la fe.

El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes (Benedicto XVI: Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, n. 38).

Sabemos cómo el pretendido “espíritu del Concilio” constituye para algunos un instrumento para propugnar reivindicaciones oportunistas dirigidas a imponer inquietantes modos de pensar y de obrar.  Son ellos responsables de peligrosas desviaciones teológico-pastorales que perjudican concretamente la vida de fe del pueblo de Dios.

La Sagrada Liturgia, en especial, es a menudo objeto de arbitrarias interpretaciones que trastornan su naturaleza y sus fines, causando sufrimiento y desorientación en los christifideles (fieles), convertidos en espectadores atónitos de prácticas marcadas por formas insólitas de creatividad exasperada.

Queridos fieles:

En este propicio e importante día para vuestra piadosa organización, surgida del amor a Jesús y a su Iglesia, ofrezcamos nuestras plegarias para que la voz del Vicario de Cristo sea escuchada y amada por todos.

Imploremos  a la Santa Madre de Dios, la más humilde y exaltada de todas las criaturas, aquellos sentimientos de humildad y de obediencia que Dios requiere de las almas devotas, a fin de que toda nuestra vida sea una liturgia de alabanza en el cumplimiento gozoso de la voluntad divina.

¡Sea alabado Jesucristo!







Texto original en italiano:


Omelia della S. Messa di S. Maria in Sabato
in occasione della XX Assemblea Generale della
Federazione Internazionale “Una Voce”

Basilica di San Pietro
Cappella del SS.mo Sacramento
Sabato 5 novembre 2011

Dario Card. Castrillón Hoyos


Sia Lodato Gesù Cristo!

Saluto il Dr. Leo Darroch, Presidente della Federazione Internazionale “Una Voce”, i signori delegati della XX Assemblea Generale e tutti i fedeli presenti.

Ringrazio particolarmente il Presidente Darroch per il gradito invito a ufficiare questo sacro rito che ha luogo, tra l’altro, quattro anni dopo la promulgazione del Motu Proprio Summorum Pontificum di Sua Santità Benedetto XVI.

Cari fratelli e sorelle,

sono veramente lieto di essere qui tra voi per esprimere un sentito ringraziamento alla Divina Provvidenza che non manca mai di soccorrere i suoi figli che l’invocano fidenti; nello stesso tempo manifestiamo sincera gratitudine al nostro amato Santo Padre Benedetto XVI che con la sua lungimirante sollecitudine pastorale ha riconsegnato alla Chiesa universale il sacro Rito Gregoriano, dandogli nuova fioritura dopo molti lustri di oblio.

“Consta infatti che la liturgia latina della Chiesa nelle varie sue forme, in ogni secolo dell'età cristiana, ha spronato nella vita spirituale numerosi Santi e ha rafforzato tanti popoli nella virtù di religione e ha fecondato la loro pietà”, così Benedetto XVI (MP Summorum Pontificum).

Nell’obbedienza, ossequio e rispetto verso il Magistero della Chiesa, in sommo grado nei confronti del Supremo Magistero petrino, si attualizza nella vita di ogni credente il proposito fondamentale della sequela Christi.

In tale ottica si innesta la retta comprensione dei doveri e dei diritti dei fedeli che nella sacra liturgia trovano la loro forma di espressione più eminente, esplicitando con la forza santificante dell’azione sacramentale il vero culto al Dio altissimo, Creatore e Signore dell’universo.

Il Santo Padre Benedetto XVI, del quale è nota la profonda sensibilità liturgica, ha frequentemente ribadito con il suo alto Magistero l’importanza della liturgia e del suo retto uso, affinché nella diversità delle forme cultuali possa risplendere la ricchezza dei tesori di fede e spiritualità della Sposa di Cristo, poiché “il rapporto tra mistero creduto e celebrato si manifesta in modo peculiare nel valore teologico e liturgico della bellezza. La liturgia, infatti, come del resto la Rivelazione cristiana, ha un intrinseco legame con la bellezza: è veritatis splendor (Benedetto XVI, Es. Ap. Sacramentum Caritatis, n.35).

Il Rito Gregoriano con la sua solennità e sublimità di contenuti indubbiamente costituisce una forma eccellente per innalzare a Dio le lodi che gli sono dovute, dando nello stesso tempo ai fedeli una più profonda percezione del Mistero che si celebra.

Una tale magnificenza non è dovuta semplicemente a una somma di dati esteriori e di indole puramente estetica, piuttosto sgorgando e alimentandosi di una profonda interiorità.

Possiamo affermare che in tal modo si contempera il dovere di offrire a Dio nel modo più consono il tributo di adorazione e di lode proprio della sua Maestà con i diritti dei fedeli nel poter esprimere al meglio la loro aspirazione di mettere in atto adeguatamente siffatto proposito.

Nell’ascoltare l’odierno brano evangelico di San Luca non deve affatto destare meraviglia se alle parole di lode che la donna del popolo rivolge alla Madre del Salvatore - “Beato il grembo che ti ha portato …” (Lc 11, 27) - , questi risponde ricordando la beatitudine dell’obbedienza alla parola di Dio.

Così argomentando, infatti, il Signore Gesù non si discosta per nulla dall’affermazione di elogio diretta alla S. Vergine; piuttosto la rafforza, sottolineando quella preclara virtù di totale oblazione che in lei rifulge più che in ogni altra creatura, a tal punto da contrassegnare con essa i primordi della redenzione dell’umanità.

Nello stesso tempo ci rammenta come la Santa Vergine sia stata eletta dalla Beata Trinità quale  modello e guida di coloro che nulla antepongono alla salvezza eterna; è proprio imitando l’obbedienza fedele della Madre del bell’amore che la nostra obbedienza di viandanti in cerca di Dio riesce a trovare un sentiero sicuro che possa condurci al sommo bene.

Siamo certi di poter dire che l’obbedienza a Dio passa per l’obbedienza a Maria, tanto che nella sincera devozione a così eccelsa Regina si manifesta in modo  eloquente la predilezione verso le creature che hanno compreso questo ammirabile segreto dello spirito.

A tal proposito San Luigi Maria Grignion de Montfort, nel suo Trattato della Vera Devozione a Maria, richiamandosi al libro dei Proverbi (Pr 8,32), scrive:

“… i predestinati seguono le vie della Vergine Santa, loro Madre, e cioè la imitano. Proprio in questo sono veramente felici e devoti, e posseggono il segno infallibile della loro predestinazione, come dice loro questa Madre amorevole: Beati quelli che seguono le mie vie” (S. Luigi Maria Grignion de Montfort, Trattato della Vera Devozione a Maria, n.200).

Il singolare compendio di ogni virtù con il quale la divina sapienza ha adornato la Santissima Vergine, è come il riflesso di quella umiltà ineguagliabile che l’ha resa Sovrana di grazia e Madre di misericordia presso il cuore di Dio.

L’obbedienza della Beatissima Vergine è il fiore odoroso germogliato nel solco di questa sua insondabile humilitas che inebria soavemente ogni anima desiderosa di renderle omaggio e chiederle aiuto e protezione.

Il Santo Dottore della Chiesa Alfonso Maria de Liguori delinea alcuni importanti principi teologici sul ruolo di Maria Santissima a favore del popolo cristiano:

“Chiamando Maria Mediatrice ho inteso chiamarla tale, solo come Mediatrice di Grazia, a differenza di Gesù Cristo, che è il primo e l’unico Mediatore di Giustizia. Chiamando Maria Onnipotente …, ho inteso nominarla tale, in quanto ella come Madre di Dio ottiene da Lui colle sue preghiere quanto domanda a beneficio dei suoi devoti … Chiamando Maria nostra Speranza, ho inteso di chiamarla tale, perché tutte le grazie (come afferma S. Bernardo) passano per le sue mani” (cfr. S. Alfonso Maria de Liguori, Le Glorie di Maria, Parte I, Sopra la Salve Regina, Protesta dell’Autore).

L’anima obbediente a Dio - sull’esempio di Maria SS.ma – è tutta compresa dal desiderio di compierne la volontà a qualunque costo. In null’altro del resto consiste l’amore delle creature come ci ricorda lo stesso Salvatore:

“Chi accoglie i mie comandamenti e li osserva, questi mi ama” (Gv 14, 21).

San Tommaso d’Aquino in riferimento a tale affermazione del Signore scrive:

“…c’è qualcuno il quale ha i comandamenti di Dio nel cuore, mediante il ricordo e l’assidua meditazione … Però questo non basta, se poi non li osserva nell’operare … Alcuni hanno i comandamenti sulla bocca, per recitarli e per esortare… Anche costoro devono però osservarli nelle opere … Altri poi hanno i comandamenti negli orecchi e li ascoltano volentieri e con diligenza … Ma neppure questo basta, se essi non li osservano” (San Tommaso d’Aquino, Commento al Vangelo di San Giovanni, XIV, § 1933).

Se è vero che il culto più gradito a Dio è quello dell’adesione alla sua santa volontà, nello stesso tempo non si può non tener conto della straordinaria importanza del culto esterno di cui la Sacra Liturgia costituisce  il mezzo di attuazione privilegiato.

La diffusa prassi di abusi in campo liturgico negli anni del post - concilio ha determinato profonde ferite nella Chiesa, esautorando la preminenza di quello spirito di obbedienza al Magistero della Chiesa che dovrebbe immancabilmente caratterizzare espressione di fede.

“L’ars celebrandi scaturisce dall’obbedienza fedele alle norme liturgiche nella loro completezza, poiché è proprio questo modo di celebrare ad assicurare da duemila anni la vita di fede di tutti i credenti” (BENEDETTO XVI, Esort. Ap. Sacramentum Caritatis, n. 38).

Sappiamo come il cosiddetto “spirito del concilio” costituisca per alcuni uno strumento per propugnare pretestuose rivendicazioni volte ad imporre inquietanti modi di pensare e di agire; costoro si rendono responsabili di pericolose derive teologico- pastorali che danneggiano concretamente la vita di fede del popolo di Dio.

La Sacra Liturgia, in particolare, è sovente oggetto di arbitrarie interpretazioni che ne stravolgono la natura e i fini, causando sofferenza e disorientamento nei christifideles, divenuti spettatori attoniti di prassi marcate da forme bizzarre di esasperata creatività.

Cari fedeli,

in questo fausto ed importante giorno per il vostro pio sodalizio, sorto per amore a Gesù e alla sua Chiesa, offriamo le nostre preghiere perché la voce del Vicario di Cristo sia da tutti ascoltata e amata.

Imploriamo dalla Santa Madre di Dio, umile e alta più che creatura, quei sentimenti di umiltà e di obbedienza che Dio chiede alle anime devote, affinché tutta la nostra vita sia una liturgia di lode nell’adempimento gioioso della divina volontà.


Sia Lodato Gesù Cristo!



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