viernes, 18 de junio de 2010

Recordando una efeméride silenciada: Cincuentenario del Primer Sínodo Romano (1960-2010) - (I)





El 25 de enero de 1960, festividad de la Conversión de San Pablo, en el marco impresionante de la Basílica Ostiense, el beato Juan XXIII anunciaba al mundo no sólo la próxima convocación de un nuevo concilio ecuménico (y no una mera continuación del Vaticano I, interrumpido por la invasión de Roma por los sardo-piamonteses en 1870), sino también la de un sínodo de la diócesis de Roma, que el Papa quería fuese como un ensayo y una prefiguración de aquél. Los trabajos de preparación duraron un año. El 16 de enero de 1960 se publicó el quirógrafo pontifico por el que se convocaba el sínodo. Vale la pena releer su texto para darnos cuenta de las expectativas que abrigaba el Papa de este evento:

“Después de invocar con suplicantes preces la luz y gracia del Espíritu Santo, decidimos celebrar un Sínodo Romano, para que en esta alma ciudad, sede de nuestra diócesis, la fe católica reverdezca más y más para ejemplo de todas las otras, para que ganen incremento saludable las costumbres cristianas, para que la disciplina del clero y del pueblo responda más adecuadamente a las necesidades de nuestros tiempos y se robustezca firmemente.

“Por lo que invocando muy confiadamente el patrocinio de la Santísima Virgen María, bajo la advocación de "Salud del pueblo romano", de San Juan Bautista y San Juan Evangelista bajo cuyo título está nuestra catedral, la patriarcal archibasílica lateranense, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y demás protectores de esta alma ciudad, convocamos:

“El primer Sínodo de nuestra diócesis romana que ha de iniciarse bajo nuestra autoridad el domingo 24 del mes de enero del año 1960, en la misma archibasílica lateranense.

“En el Vaticano, día 16 de enero del año 1960, segundo de nuestro pontificado.

IOANNES PP. XXIII


En tres sesiones (tenidas respectivamente los días 25, 26 y 27 de enero de 1960) la asamblea estudió, discutió y decidió sobre los documentos sinodales, cuya redacción final fue aprobada entusiásticamente por el Santo Padre, el cual pronunció nada menos que siete importantes alocuciones a lo largo de la celebración del magno evento. Se sabe que el beato Juan XXIII costeó de su propio peculio una edición de lujo de las actas del Sínodo Romano, para regalar a sus visitantes, señal inequívoca de su satisfacción y de su esperanza de que lo dispuesto en él adquiriera con el Concilio vuelos universales. ¡Vana ilusión! Menos de diez años más tarde, nadie se acordaba del Sínodo y sus documentos eran letra muerta.

Romano Amerio, en su inapreciable libro Iota Unum, habla precisamente de este capítulo de Historia de la Iglesia contemporánea, mostrando cómo, en contra de lo previsto y deseado por el propio Papa que convocó ambas asambleas, el Concilio redujo a la nada al Sínodo, especialmente por lo que se refiere a la Liturgia, el aspecto más visible y evidente de la vida católico. Este mismo año, en enero, se han cumplido cincuenta años del Primer Sínodo Romano, efeméride que ha pasado completamente inadvertida en los ambientes eclesiales, quizás porque constituye un incómodo recuerdo de lo que pudo ser y no fue y de la patente contradicción de muchas reformas postconciliares con la Tradición. ROMA AETERNA ha querido subsanar este lamentable silencio con su modesta contribución a lo que podríamos llamar la “recuperación de la memoria histórica” en la Iglesia, tanto más necesaria cuanto que la gran mayoría de católicos por debajo de los sesenta años es víctima de la deformación obrada por los partidarios de la hermenéutica de la ruptura y desconocen la realidad anterior al Vaticano II.

Como nuestro interés prioritario es la Sagrada Liturgia, hemos creído oportuno y conveniente reproducir, a partir de hoy, las actas del Primer Sínodo Romano que se refieren a ese importantísimo y esencial aspecto de nuestra religión. Lo haremos tanto en el original latino como en nuestra traducción española, añadiendo los comentarios que ayuden a una mejor inteligencia de algunos puntos de particular interés. Hemos estimado muy útil preceder este trabajo del capítulo del ya citado libro Iota Unum, en el que Romano Amerio (foto abajo) habla del Sínodo, como antecedente frustrado del Concilio Vaticano II.


MÁS SOBRE EL RESULTADO PARADÓJICO DEL CONCILIO.
EL SÍNODO ROMANO


El resultado paradójico del Concilio respecto a su preparación se manifiesta en la comparación entre los documentos finales y los propedéuticos, y también en tres hechos principales: el fracaso de las previsiones hechas por el Papa y por quienes prepararon el Concilio; la inutilidad efectiva del Sínodo Romano I, sugerido por Juan XXIII como anticipación del Concilio; y la anulación, casi inmediata, de la Veterum Sapientia, que prefiguraba la fisonomía cultural de la Iglesia del Concilio.

El Papa Juan, que había ideado el Concilio como un gran acto de renovación y de adecuación funcional de la Iglesia, creía también haberlo preparado como tal, y aspiraba a poderlo concluir en pocos meses: quizá como el Lateranense I con Calixto II (1123), cuando trescientos obispos lo concluyeron en diecinueve días, o como el Lateranense II con Inocencio II (1139), con mil obispos que lo concluyeron en diecisiete días.

Sin embargo, se abrió el 11 de octubre de 1962 y se clausuró el 8 de diciembre de 1965, durando, por tanto, tres años de modo discontinuo. El fracaso de las previsiones tuvo su origen en haberse abortado el Concilio que había sido preparado, y en la elaboración posterior de un Concilio distinto del primero, que se generó a sí mismo (como decían los Griegos, “autogenético”).

El Sínodo Romano I fue concebido y convocado por Juan XXIII como un acto solemne previo a la gran asamblea, de la cual debía ser prefiguración y realización anticipada.

Así lo declaró textualmente el Pontífice mismo en la alocución al clero y a los fieles de Roma del 29 de junio de 1960. A todos se les revelaba su importancia, que iba, por tanto, más allá de la diócesis de Roma y se extendía a todo el orbe católico. Su importancia era parangonable a la que con referencia al gran encuentro tridentino habían tenido los sínodos provinciales celebrados por san Carlos Borromeo.

Se renovaba el antiguo principio que quiere modelar todo el orbe católico sobre el patrón de la particular Iglesia Romana. Que en la mente del Papa el Sínodo romano estaba destinado a tener un grandioso efecto ejemplar se desprende del hecho de que ordenase enseguida la traducción de los textos al italiano y a todas las lenguas principales. Los textos del Sínodo Romano promulgados el 25, 26 y 27 de enero de 1960 suponen un completo retorno a la esencia de la Iglesia; no a la sobrenatural (ésta no se puede perder) sino a la histórica: un repliegue, por decirlo con Maquiavelo, de las instituciones sobre sus principios.

El Sínodo proponía en todos los órdenes de la vida eclesiástica una vigorosa restauración. La disciplina del clero se establecía sobre el modelo tradicional, madurado en el Concilio de Trento y fundado sobre dos principios, siempre profesados y siempre practicados. El primero es el de la peculiaridad de la persona consagrada y habilitada sobrenaturalmente para ejercitar las operaciones de Cristo, y por consiguiente separada de los laicos, sin confusión alguna (“sacro” significa “separado”). El segundo principio, consecuencia del primero, es el de la educación ascética y la vida sacrificada, que caracteriza al clero como estamento (pues también en el laicado los individuos pueden llevar una vida ascética).

De este modo, el Sínodo prescribía a los clérigos todo un estilo de conducta netamente diferenciado de las maneras seglares. Tal estilo exige el hábito eclesiástico, la sobriedad en los alimentos, la abstinencia de espectáculos públicos, y la huida de las cosas profanas. Se reafirmaba igualmente la originalidad de la formación cultural del clero, y se diseñaba el sistema sancionado solemnemente por el Papa al año siguiente en la encíclica Veterum sapientia. El Papa ordenó también que se reeditase el Catecismo del Concilio de Trento, pero la orden no fue obedecida. Sólo en 1981, y por iniciativa privada, se publicó en Italia su traducción (Osservatore Romano, 5-6 julio 1982).

No menos significativa es la legislación litúrgica del Sínodo: se confirma solemnemente el uso del latín; se condena toda creatividad del celebrante, que rebajaría el acto litúrgico, que es acto de Iglesia, a simple ejercicio de piedad privada; se urge la necesidad de bautizar a los niños quam primum; se prescribe el tabernáculo en la forma y lugar tradicionales; se ordena el canto gregoriano; se someten a la autorización del Ordinario los cantos populares de nueva invención; se aleja de las iglesias toda profanidad, prohibiendo en general que dentro del edificio sagrado tengan lugar espectáculos y conciertos, se vendan estampas e imágenes, se permitan las fotografías, o se enciendan promiscuamente luces (lo que deberá encargarse al sacerdote). El antiguo rigor de lo sagrado es restablecido también alrededor de los espacios sagrados, prohibiendo a las mujeres el acceso al presbiterio. Finalmente, los altares cara al pueblo se admiten sólo como una excepción, cuya concesión compete exclusivamente al obispo diocesano.

Es imposible no ver que tan firme reintegración de la antigua disciplina deseada por el Sínodo ha sido contradicha y desmentida por el Concilio prácticamente en todos sus artículos. De hecho, el Sínodo Romano, que debería haber sido prefiguración y norma del Concilio, se precipitó en pocos años en el Erebo del olvido y es en verdad tanquam non fuerit. Para dar una idea de tal anulación, señalaré que no he podido encontrar los textos del Sínodo Romano ni en Curias ni en archivos diocesanos, teniendo que conseguirlos en bibliotecas públicas civiles.

Así informaba La Vanguardia Española
sobre el Sínodo Romano en enero de 1960

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