sábado, 30 de enero de 2010

Evocaciones romanas en la festividad de Santa Martina



Pietro da Cortona: Santa Martina


Santa Martina es como una de esas flores de rareza y precio grandes que se suelen cultivar en lo íntimo de los invernaderos. Al igual que la violeta, ama la soledad y la penumbra. No obstante pertenecer a la rutilante pléyade de mujeres santas que produjo el cristianismo de los primeros siglos, parece como si pasara discretamente al lado de Prisca, Tecla, Pudenciana, Anastasia, Felicidad, Perpetua, Domitila, Práxedes, Susana, Lucía, Ágata, Sabina, Inés, Cecilia, Bibiana, Sinforosa… Su culto en Roma es tardío, remontándose al siglo VII, cuando el papa Honorio I mandó erigir una iglesia a ella dedicada sobre el lugar en el que se suponía habían sido trasladados sus restos por orden del papa Ántero (235-236), al pie del Foro, junto a la Cárcel Mamertina. Su festividad entró en el calendario de la Iglesia de Roma sólo en el siglo VIII. Otras mártires gozaban desde hacía largo tiempo de una mayor influencia en el culto, constando su nombre incluso en el canon de la misa (Felicidad, Perpetua, Ágata, Lucía, Inés, Cecilia y Anastasia) o en las Letanías de los Santos (Ágata, Lucía, Inés, Cecilia, Catalina y Anastasia).


Iacopus Filippus Bergamanus: De claris mulieribus



La vida de la romana Martina está envuelta en brumas de leyenda, al no existir un acta auténtica de su martirio, sino sólo relatos a cada cual más fantasioso, lo que hizo que Baronio los considerara todos apócrifos. Los datos que de ella ha recogido la tradición provienen de una Passio legendaria (una interesante versión está recogida en el curioso libro De claris mulieribus -foto arriba- escrito por el agustino bergamasco Giacomo Filippo Foresti y por él dedicado a Beatriz de Aragón, reina de Hungría y Bohemia como esposa de Matías Corvino). De acuerdo con dicha Passio, Martina era hija de un cónsul (¿Publio Marcio Sergio Saturnino?), que la dejó huérfana a edad temprana, habiendo perdido también a su madre. Ferviente cristiana, repartió sus bienes entre los pobres y se consagró al servicio de la Iglesia, ejerciendo como diaconisa, lo que no quiere decir que estuviera investida del orden sagrado o asumiera funciones litúrgicas como el diácono, sino sólo que servía de intermediaria entre las mujeres y los clérigos varones (por ejemplo, ungiéndolas con el óleo bendecido en el bautismo e instruyéndolas en la doctrina después de recibido éste).

Pietro da Cortona: La Virgen y el Niño con Santa Martina


Cierto día, durante una redada de cristianos, fue descubierta en una iglesia por tres oficiales al servicio del emperador Alejandro Severo, que la conminaron a seguirlos hasta el templo de Apolo. Ella asintió pidiendo que la dejaran acabar de rezar y pedir permiso a su obispo (el papa Urbano I). Llevada ante el César, fue objeto de halagüeñas promesas si abandonaba la fe cristiana y sacrificaba a los dioses. Martina replicó que ella no sacrificaría más que a su Dios y no a ídolos fabricados por mano de hombre. Fue entonces condenada al suplicio de desgarramiento con garfios de hierro, pero una potente luz cegó a sus verdugos, que se alzaron convertidos. Fue entonces conducida a prisión.


Martirio de Santa Martina

Al siguiente día, se la llevó nuevamente ante el Emperador, siendo atada a un poste y cruelmente azotada para doblegar su voluntad, aunque inútilmente, ya que no se logró convencerla. Pasó otro día y fue esta vez trasladada hasta el templo de Diana, ante cuya estatua se la instó que ofreciera el sacrificio que la libraría de sus suplicios. La intrépida virgen oró al Señor y bajó fuego del cielo que abatió el ídolo y lo consumió. Después de torturarla de diferentes modos, fue finalmente decapitada. Corría el año 228. Su cuerpo fue recogido por el obispo Ritorius y algunos sacerdotes romanos, siendo llevado hasta la sexta región de Roma (Alta Semita), donde fue enterrado el 1º de enero, día originalmente dedicado a venerar la memoria de la mártir. Más tarde se perdería el recuerdo de su sepultura y no será sino hasta muchos siglos después cuando se hallen e identifiquen sus reliquias.

Fue durante el pontificado de Urbano VIII, en el año 1634, cuando, efectuando reparaciones en la pequeña iglesia dedicada a Santa Martina, se descubrió entre los cimientos un sarcófago de terracota conteniendo el cuerpo de una joven mujer, cuya cabeza, separada del tronco, se hallaba en una caja aparte. Naturalmente se relacionaron estos restos con los de la titular de la capilla. El hallazgo fue saludado con gran exultación en toda Roma y entusiasmó al Papa, que se convirtió en gran devoto de Santa Martina, en honor de la cual compuso varios himnos. Dos de ellos entraron a formar parte de su oficio en el Breviario. No nos resistimos a copiarlos.

Urbano VIII por Pietro da Cortona


AD MATVTINVM

Martinae celebri plaudite nomini
Cives Romulei, plaudite gloriae;
Insignem meritis dicite virginem,
Christi dicite martyrum.

Haec dum conspicuis orta parentibus
Inter delicias, inter amabiles
Luxus illecebras, ditibus affluit
Faustae muneribus domus,

Vita despiciens commoda, dedicat
Se rerum Domino, et munifica manu
Christi pauperibus distribuens opes
Quaerit praemia coelitum.

Non illam crucians ungula, non ferae,
Non virgae horribili vulnere commovent;
Hinc lapsi e Superum sedibus Angeli
Coelesti dape recreant.

Quin et deposita saevitie leo
Se rictu placido proicit ad pedes;
Te, Martina, tamen dans gladius neci
Coeli coetibus inserit.

Ter, thuris redolens ara vaporibus,
Quae fumat, precibus iugiter invocate,
Et falsum perimens auspicium, tui
Delet nominis omine.

A nobis abigas lubrica gaudia,
Tu, qui Martyribus dexter ades, Deus
Une et Trine: tuis da famulis iubar,
Quo clemens animos beas. Amen.


AD LAVDES

Tu natale solum protege, tu bonæ
Da pacis requiem Christiadum plagis;
Armorum strepitus, et fera prœlia
In fines age Thracios.

Et regum socians agmina sub crucis
Vexillo, Solymas nexibus exime,
Vindexque innocui sanguinis hosticum
Robur funditus erue.

Tu nostrum columen, tu decus inclitum,
Nostrarum obsequium respice mentium;
Romæ vota libens excipe, quæ pio
Te ritu canit, et colit.

A nobis abigas lubrica gaudia,
Tu, qui Martyribus dexter ades, Deus
Une et Trine: tuis da famulis iubar,
Quo clemens animos beas. Amen.

El cardenal nepote Francesco Barberini (ilustración), con la bendición de su augusto tío Urbano VIII, emprendió la reconstrucción de la iglesia, que había asignado a la Academia de San Lucas, asociación de los artistas de Roma fundada por Federico Zuccari en 1593 y puesta bajo el patrocinio del evangelista a principios del Seiscientos. De ahí que tomara el nombre de iglesia de San Lucas y Santa Martina. Los trabajos fueron encargados a uno de los grandes arquitectos de la época y, junto con Bernini y Borromini, de los favoritos del papa Barberini: Pietro da Cortona (1596-1669). Fue éste uno de aquellos a quienes impactó la noticia del descubrimiento de las reliquias de Santa Martina, volviéndose gran devoto suyo. La capilla a ella dedicada en la nueva iglesia la sufragó de su propio peculio y, al morir, dejó su fortuna para su manutención. Como, además de arquitecto, era pintor, dedicó a la santa varios cuadros, entre ellos el que adorna el altar de su capilla.

La iglesia de San Lucas y Santa Martina en el Foro Romano está también especialmente vinculada a la vida litúrgica tradicional, ya que a principios de la década de los Noventa del siglo pasado, comenzó a celebrarse en ella la Santa Misa según el rito romano clásico, en virtud del indulto otorgado por el Venerable Juan Pablo II mediante el motu proprio Ecclesia Dei adflicta de 1988. Encargada de este culto fue durante unos años la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro hasta que, por complicaciones ajenas a ella y debidas a intrigas que nunca faltan, cesó aquél con gran disgusto de quienes veíamos en esta iglesia, vecina del Foro Romano (justo enfrente del Arco de Septimio Severo) y de la Cárcel Mamertina (donde estuvieron presos los Príncipes de los Apóstoles), el punto físico de esa conjunción de la Roma de los Césares con la Roma de los Papas, que creó nuestra Civilización Occidental, basada en la sabiduría de los Antiguos purgada del paganismo, que repudiaron los mártires como Santa Martina, e iluminada por el Evangelio de Cristo, por el que éstos dieron su sangre.


Iglesia de San Lucas y Santa Martina en el Foro Romano


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